jueves, 24 de mayo de 2018

La conquista peruana

Luego de su primer despegue, “Astronautas” (2011) aterriza nuevamente en las fibras de nuestro imaginario con buenas dosis de ilusión, emoción e imaginación. La travesía de tres peruanos por el espacio se ha convertido en una metáfora sublime sobre la unidad como motor para alcanzar los sueños.
Óscar Meza, Eduardo Camino y Manuel Gold
en "Astronautas"
Ambientada en la carrera espacial de los años sesenta y el inicio del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, esta odisea aprovecha su trasfondo histórico para recrear una realidad lúdica y funcional. La idea original corresponde a Jorge Castro –quien, además, la dirige–, Mateo Chiarella, Héctor Gálvez, Gino Luque y Gerardo Ruiz Miñán.
Desde esta “épica peruana”, el director avizora un tema pendiente: ¿es posible trazarse metas como nación sin consolidar nuestra identidad? Su visión, distante de vanos chovinismos, presenta una propuesta de estética cuidadosa y equilibrada; y temporalmente coherente. La tripulación elegida para este proyecto clasificado la integran un piloto de la FAP (Eduardo Camino), un comando entrenado en situaciones de supervivencia (Óscar Meza) y un experto en astrofísica (Manuel Gold), apodados “convenientemente” Ayar Manco, Ayar Uchu y Ayar Cachi.
"Astronautas"
La convivencia de estos disímiles personajes será crucial para el desarrollo y éxito de la misión. Camino lidera al equipo con frialdad marcial; Meza aborda con arraigo y originalidad su papel –tal como hiciera Pietro Sibille en la primera versión­–; y desde la comedia, Gold compone un contrapunto divertido: un genio inadaptado que finalmente encaja. Aquí “Astronautas” adquiere una dimensión alegórica: consolidar la unidad de equipo –la nación– es la verdadera hazaña. Un anhelo que involucra los valores (compañerismo y esfuerzo) y antivalores (desprecio y racismo) de nuestra idiosincrasia y que los protagonistas consiguen al cuestionar las cadenas de mando, los estamentos y los prejuicios sociales.
Técnicamente, la puesta no defrauda. Los ocasos fluyen entre fulgores estelares, la música –evocadoras pistas como “Los aretes que le faltan a la luna”– y los efectos se adhieren fácilmente al montaje, mientras los videos aportan verosimilitud testimonial.
Ayar Uchu (Meza), Ayar Marco (Camino) y
Ayar Cachi (Gold) sobre la luna
Los elementos –estructuras metálicas– añaden sobriedad y futurismo. A pesar de estos aciertos, la puesta se torna fatigosa durante el segundo acto. La minuciosidad por contar la travesía al detalle juega en contra, pero es compensado por el tono épico que imprime la dirección y un elenco que apuesta por la ficción con los pies puestos en la tierra. En su camino al espacio, los tripulantes del “Tumi II”, el transbordador peruano de bajo presupuesto, descubren, a modo de ensayo y error, cómo las diferencias humanas pueden crear una fuerza capaz de cambiar el mundo conocido y, por qué no, desafiar los vastos confines del Universo.

FICHA ESCÉNICA
“Astronautas” de Jorge Castro, Mateo Chiarella, Héctor Gálvez, Gino Luque y Gerardo Ruiz Miñán
Dirección: Jorge Castro
Elenco: Eduardo Camino, Manuel Gold y Óscar Meza.
Funciones: Jueves, viernes, sábados y lunes a las 8:30pm / Domingos 7pm
Temporada: Del 21 de abril al 28 de mayo de 2018.
Lugar: Teatro de la Universidad del Pacífico (Jr. Sánchez Cerro 2121, Jesús María)
Entradas: S/. 50 (general) y S/. 25 (Estudiantes y jubilados). Lunes populares: S/. 35

jueves, 17 de mayo de 2018

Sueños de libertad

Huyendo de la persecución nazi, siete judíos lograron ocultarse en los altos de un almacén de Ámsterdam. Era 1942 y desde aquel refugio de apenas 45 metros cuadrados; una niña de 14 años hacía frente a una devastadora guerra con una libreta y un bolígrafo.
Peter (Martín Velásquez) y Ana (Patricia Barreto)
en el "Anexo secreto"
Las frustraciones y esperanzas vividas en ese ático inspiraron “El diario de Ana Frank”, best-seller convertido luego en pieza teatral por Frances Goodricth y Albert Hackett. 
Dirigida por Joaquín Vargas Acosta, la obra llega a nuestra escena como un desafío asumido con suficiente aplomo y rigor, sin caer en los espejismos de los mártires. Con notable acierto, el director confía esta solitaria tarea a Patricia Barreto, a quien ya había dirigido en “Piaf” (2015) de Pam Gems. Durante las próximas dos horas, Ana y los otros refugiados del “Anexo secreto” resistirán a sus propios miedos y el asedio de un holocausto.
Con estos elementos y la asfixiante tensión del libreto, el director sitúa a sus personajes en una trinchera inestable. Las condiciones estrictas de convivencia –como guardar silencio por horas o caminar sin zapatos– llevarán la tolerancia  y anhelos colectivos al límite.
Los escondidos y los protectores
Otto Frank (un mesurado Gerardo García Frkovich) y su familia deberán lidiar con los “exquisitos” Van Pels (Ricardo Goldenberg y Lilian Nieto, como una pareja plausible), su hijo Peter (Martín Velásquez) y el dentista Fritz Pfeffer (bien resuelto por David Carrillo). Entre esa legión de adultos resignados, Ana brilla como una soñadora incomprendida.
Barreto trasciende como eje emocional de la historia con un personaje genuino, entrañable y atrevido. Su espíritu desafía al poder fáctico y cuestiona los paradigmas tradicionales de la mujer, lo que la enfrentará a su madre Edith y su hermana Margot (Magali Bolívar y Laura Adrianzén) en contrapuntos bien logrados.
Aunque circunstancial, la presencia de “los protectores” Miep Gies y Jan Kraler (Minou Adolph y Gonzalo Tuesta) impregna de fugaz esperanza a la estancia. Esta aparente paz será interrumpida a menudo por alarmas y estallidos que acrecientan la atmósfera de zozobra.
Los Frank (Laura Adrianzén, Gerardo García Frkovich,
Magali Bolívar y Patricia Barreto
La sobria combinación de secuencias audiovisuales (videos y grabaciones) dosifica la intensidad y contextualiza la convivencia. Un detalle trabajado, además, con esmero por la utilería y el vestuario. 
Y, ayudada por una precisa iluminación, la escenografía –cuidadosamente detallista– distingue funcionalmente los ámbitos comunes de los privados. Aquella resistencia silenciosa gestada en ese refugio de opacos rincones en 1940 hoy resulta imprescindible. Desde escena, “El diario de Ana Frank” recuerda que los anhelos de libertad no pueden quebrarse ante el hierro opresor, sino que son la única causa por la que vivir.

FICHA ESCÉNICA
“El diario de Ana Frank” de Frances Goodricth y Albert Hackett
Dirección general y traducción: Joaquín Vargas Acosta
Elenco: Patricia Barreto, Gerardo García Frkovich, Magali Bolívar, Ricardo Goldenberg, Lilian Nieto, Laura Adrianzén, Martín Velásquez, Gonzalo Tuesta y Minou Adolph
Funciones: De jueves a domingo a las 8pm
Temporada: Del 12 de abril al 27 de mayo
Lugar: Teatro Mario Vargas Llosa (Av. De La Poesía 160, San Borja)
Un montaje de Vargas Navarro Producciones / VNP

viernes, 27 de abril de 2018

Laberintos políticos

La ambición desmedida puede ser la pesadilla para un gobernante, rey o presidente. En las manos equivocadas, como las de un envanecido Ubú, excéntrico personaje creado por el dramaturgo francés Alfred Jarry (1873–1907), las consecuencias no podrían ser más hilarantes que fatales.
Ubú Rey (Molina) y Venceslao (Meza)
Y con “Ubú Rey” Soma Teatro lanza una mirada grotesca e ingeniosa a las anisas de poder de nuestra devaluada clase política. Un tópico ya analizado en “¡Baila con la Muerte!” (2012), brillante tragicomedia de Maritza Núñez, que sorprendió en la temporada de reinauguración de la sala de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD). El montaje que dirigen Rodrigo Chávez y Daniel Amaru Silva –con acertado manejo de lo histriónico y lo absurdo– podría traducirse como un calco de escándalos y denuncias que indigna y desconcierta por su hastío. Una realidad a la que resignarse entre reflexivas carcajadas.
La obra de Jarry es tan universal que la contextualización planteada por ambos directores fluye con naturalidad hasta cierto punto. La inclusión de “extranjeros” aporta una fuerte connotación histórica y retrata a los gobernantes como mercenarios sin ética ni nacionalidad; y a la corrupción como moneda de intercambio.
Por momentos esta poética –cuidada con sutil esmero– se desborda y desvirtúa su crítica al sistema político. Sucede en escenas en las que un color (similar al del voluminoso cuerpo de Ubú Rey) y asociado a una facción partidaria local asoma –y acapara– la nefasta fama que rodea, en realidad, a toda la especie política.
La puesta juega con claroscuros y música acordes, pero destaca el concepto y timing adherido a los discursos populistas de Ubú ante su audiencia. El trabajo del elenco –interesante economía escénica a cuatro actores– atenúa las ligerezas con actuaciones arquetípicas.
Madre Ubú (estupenda interpretación de Grapa Paola) aparece como el cerebro de la operación: arribista, intrigante y calculadora. Padre Ubú (Gonzalo Molina de buen papel), en cambio, es la caricatura del político oportunista que solo piensa en su propio beneficio.
Moyra Silva, Grapa Paola, Gonzalo Molina
y Óscar Meza
Óscar Meza y Moyra Silva orbitan con vistosidad. El primero luce versátil entre varios roles pero destaca como Venceslao, el despreocupado rey de Polonia; mientras que el capitán Bordura de Silva funciona como un militar instigador y convenido tan necesario en las intrigas golpistas. “Ubú Rey”, una de las mejores sátiras políticas de los últimos años, advierte el poder como un narcótico infame que trastoca la esperanza de muchos en el provecho de pocos. A pesar de las alusiones políticas inevitables, la versión de Soma Teatro es un llamado –el último, quizá– a la memoria y la ciudadanía.

FICHA ESCÉNICA
“Ubú Rey” de Alfred Harry, en una versión libre de Soma Teatro
Dirección: Rodrigo Chávez y Daniel Amaru Silva
Elenco: Gonzalo Molina, Grapa Paola, Óscar Meza y Moyra Silva
Funciones: Jueves y viernes a las 8pm
Temporada: Del 08 de marzo al 27 de abril
Lugar: Alianza Francesa de Miraflores (Av. Arequipa 4595, Miraflores)
Una producción de Soma Teatro

sábado, 21 de abril de 2018

Divina confusión

Anhelar lo divino y deleitar lo mundano ha enredado a dioses y humanos en “Anfitrión”. Una mímesis salpicada de enredos típicos y consecuencias sobrenaturales que trascendió los días del poeta latino Plauto (254a.C. – 184a.C.), quien, con monólogos y advertencias, crea una trama desenfadada.
La misma que siglos después ruborizó a las cortes francesas en versión de Molière (1622–1673) y afinó la pluma de Heinrich Von Kleist (1700–1756) hasta reaparecer en nuestra época. Sus giros entre las apariencias y la realidad así como la tenue distinción entre seres divinos y terrenales le confirieron notable vigencia.
Soma Teatro ha desempolvado este clásico –con tres lecturas disímiles a cuestas– bajo una mirada fresca y contemporánea. Rodrigo Chávez y Daniel Amaru Silva, los dos artífices esmerados de esta productora independiente, arriesgan con una comedia honesta sobre las trampas de la identidad. 
Entre dicotomías ingeniosamente entrelazadas, la obra narra cómo Zeus (el inspirado Sergio Paris) adopta la apariencia física del general Anfitrión (Rolando Reaño) para seducir a Alcmena (Natalia Cárdenas), su esposa, mientras éste comanda las tropas tebanas.
Ayudado por Hermes (el preciso Gabriel González) metamorfoseado en el esclavo Sosías (Alaín Salinas), los dioses instalarán un laberinto entre la ficción y la realidad. El primero marcado por enredos a ritmo de comedia vibrante; y la otra, por revelaciones que advierten al público sin alejarlo de la complicidad que exige la trama.
La personalidad resulta esencial en la dinámica de los dobles. Paris brilla como un dios vanidoso, y es secundado por un, más bien, despreocupado González; rasgos distantes a la candidez e ilusión que despierta la interpretación de Reaño; y la inagotable energía y dosis de paranoia con que Salinas compone al leal siervo del general tebano. El tono picaresco y desenfadado aviva la comedia y realza la contraparte femenina al alejarlos de los habituales estereotipos. Ello puede verse en la novia de Sosías, Cleantís (una desenvuelta Alexa Centurión); la esposa de Zeus, Hera (la acertada Tatiana Espinoza) y, en menor medida, con Alcmena (Cárdenas, de buen trabajo).
Esta ruptura de clichés alcanza a las relaciones sociales –el matrimonio o el poder– y moviliza la resolución de la obra. 
El juego de identidades funciona, aun cuando alguna aparición (Hera/siervo) resultó confusa, lo que no resta méritos a un trabajo que, en medio de sus contradicciones, fluye por su mirada humana, empática y oportuna. Con ingenioso acierto, el “Anfitrión” de Soma Teatro reflexiona sobre las facetas que construyen la identidad del ser desde un juego de acciones, roles y acotaciones llamado teatro. Un inteligente ensayo de espejismos en el que héroes y villanos no siempre son los mismos y casi siempre tienen más de humano que de divino.

FICHA ESCÉNICA
“Anfitrión”, versión de Soma Teatro
Dirección: Rodrigo Chávez y Daniel Amaru Silva
Elenco: Tatiana Espinoza, Sergio Paris, Natalia Cárdenas, Alexa Centurión, Alain Salinas y Gabriel González
Temporada: Del 10 de marzo al 30 de abril
Funciones: Sábados, domingos y lunes a las 8 pm
Lugar: Alianza Francesa de Lima (Av. Arequipa 4595, Miraflores)
Una producción de Soma Teatro

sábado, 7 de abril de 2018

Unicornios pálidos

El empoderamiento de la mujer es una de las quimeras visibles del nuevo siglo. Una arenga que no está exenta de reveses y boicots como sucede en “Aquí no hay lugar para unicornios”, un descarnado y pertinente cuadro sobre los riesgos del machismo y la violencia de género.
El director Paco Caparó y Jhosep Palomino, su habitual asistente, dirigen esta propuesta que, más allá del montaje en escena, se erige como señal de alarma para una sociedad construida sobre paradigmas, estereotipos y prejuicios. A través de breves episodios hilados en un cíclico flashback se configura un eje de réplicas aparentemente interminables. El director denuncia la violencia –en esencia, machista– y la retrata con una perspectiva cruda ya vista en obras como “Carne de mujeres” (2012). 
Esta vez, añade con gran acierto una visión transversal del fenómeno y la desmitificación de las proclamas vacías. Para lograrlo, “Aquí no hay lugar para unicornios” muestra a la violencia “normalizada” e institucionalizada en toda amplitud: la casa, la escuela, los centros de labores y los espacios de denuncia. Sus personajes son seres carentes de afecto familiar extraídos de la realidad cotidiana.
A pesar de intentar distanciarse de viejos estereotipos, llama la atención que los potenciales abusadores sean, en su mayoría, roles masculinos, reservando las intrigas psicológicas a los papeles femeninos. 
El equilibrio de las historias no evita la ligera sobre-victimización de los casos. Pero sí reproduce una galería de paradigmas que reflejan la idiosincrasia pasiva de nuestra sociedad. Los hábitos de consumo, la cosificación de la mujer, el empleo de la manipulación y la culpa, la voracidad laboral que invalidan y contamina, incluso, los ideales más justos. Lejos de amilanarse, el elenco –los 17 alumnos de 3er año del Club de Teatro de Lima– afianza su compromiso y dedicación. A nivel estructural, la narrativa precisa y el ritmo vertiginoso de la puesta va hilvanando la diversidad de conflictos con dosificada elocuencia e intensidad, lo que la convierte en apreciable en sus dos horas de duración.
Destaca también el uso eficiente de elementos. Un ejemplo claro son las máscaras que “protegen” la identidad de las niñas y aportan “presencia” a objetos inanimados. Las cajas de madera juegan en una escenografía funcional y sobria, conjugada de forma brillante por las atmósferas íntimas y reveladoras de la iluminación.
A través de su irónico título, “Aquí no hay lugar para unicornios” revela que el futuro tiene poco que ver con equinos imaginarios o linajes azulados. En un país con una de las mayores tasas de agresiones sexuales y feminicidio como el nuestro, son las mujeres –y su denodada lucha– las hacedoras de los nuevos tiempos. 

FICHA ESCÉNICA
“Aquí no hay lugar para  unicornios”, creación colectiva
Dirección: Paco Caparó
Asistencia de dirección: Jhosep Palomino
Elenco: Adriana Burga, Oriana Canales, Levi Castillo, Javier Deza, Estefanía Gallegos, Kevin Gonzáles, Flavia García, José Gallo, Yuliana Huallanca, Daniel Marcone, Manuel Muñoz, Verónica Narro, María Isabel Rojas, Jordana Ramos, Joe Silva, Jackeline Soto y Milagros Yupanqui
Funciones: Sábados y domingos a las 7pm
Temporada: Del 24 de marzo al 08 de abril
Lugar: Club de Teatro de Lima (Av. 28 de Julio 183, Miraflores)
Entrada General: S/. 15

viernes, 30 de marzo de 2018

La escena del 2017

Lejos de etiquetas y fórmulas de marketing, el teatro peruano –o, limeño si se quiere– crece de buena forma aunque solo en algunos pasos de la “cadena” de creación, producción y montaje. Este crecimiento anima su búsqueda de nuevos lenguajes, voces y propuestas.
"La pícara suerte"
Una tarea que va concretándose con los talleres (dramaturgia, dirección o actuación) y concursos de dramaturgia (hay más de cinco plataformas entre públicas y privadas) que ya consolidan nuestras tablas de “una dramaturgia nuestra”, tan universal e inédita.
El reto, no obstante, es y seguirá siendo el fomento en la creación de públicos que sostenga la asistencia a salas y espacios alternativos. Ya habitual El escenario imaginado presenta un recuento de las puestas vistas en el blog sin alguna clasificación especial, lamentando que tantas otras buenas obras no pudieron ser reseñadas a tiempo.

LAS FIBRAS SENSIBLES
Algunas puestas de alta carga emotiva deleitaron la escena. Un ejemplo son los solitarios personajes de “Canción de cuna para un anarquista” del chileno Jorge Díaz. El encuentro entre Rosaura y Balbuena (notables actuaciones de Haydée Cáceres y Augusto Mazzarelli) reveló que, a veces, se puede tener mucho en común con algunos desconocidos.
"Canción de cuna para
un anarquista"
La puesta transita entre recuerdos ficticios y reales en una trama nostálgica que conjura bien el director Roberto Vigo para convertirse en un canto para resucitar almas “dormidas” desde la soledad, el olvido o la resignación. Desde otra perspectiva apareció “Pájaros en llamas” (2017) de Mariana de Althaus.
Circunscrito en la línea de montajes testimoniales como “Criadero” y “Padre Nuestro”, la dramaturga intentó explorar las fibras ajenas bajo una mirada sanadora. Fue así que las emociones de Fernando Verano y Marisol Palacios fluyeron desde el corazón a través de testimonios materializados en voces de tres actores y proyecciones audiovisuales.
Una relación pornográfica”, pieza del belga Philippe Blasband perseguía quizá esa misma sintonía de complicidad, aunque desde otra mirada. La de dos extraños que descubren lo que existe más allá del deseo carnal. Alfonso Dibós y Vanessa Vizcarra, de gran química, interpretaron a esta pareja sin complejos ni temores en una puesta sobria en todo sentido. Alejada de mórbidas referencias, la puesta –dirigida con eficiencia por Pancho Tuesta– explora los temores en torno a la costumbre luego de la atracción. Esta propuesta –una de las más honestas de Break– logró desnudar la conciencia de los asistentes al Centro Cultural El Olivar.
"Taller de reparaciones"
Taller de reparaciones”, obra de John Pollono en un buen trabajo de Break, desafiará todo aquello que “normaliza” la agresión o la intolerancia. Como rostro visible está el mecánico Frankie (inmejorable Óscar López Arias) que, aunque fiero, debe quebrarse como víctima del sistema. Aun cuando la dirección de Diego Lombardi respeta el libreto original en demasía, acierta al impregnar un cariz psicológico y cómico a su historia, tomando distancia de clichés vacíos y escenas efectistas que demuestran un abierto compromiso social de Break desde las tablas.

DOSIS DE REALIDAD
El imaginario nacional ha sido el norte de trabajos plausibles. “El país de la canela”, obra de Alonso La Hoz y ganadora del Festival Sala de Parto 2015, mostraba a una república perdida entre macondos y edenes que seguían la brújula irreverente de Diego la Hoz, su director.
"El país de la canela"
De escenas provocadoras e inquietantes, dos militares (los lúcidos Ramón García y Karlos López-Rentería) deambularán entre la memoria histórica y el presente inexorable de un país aletargado por seductores oportunistas y confusos anhelos. La obra brilló en el ICPNA de Miraflores, pero debería empezar a recorrer por más escenarios.
A Soma Teatro le bastó un rincón de la Casa Recurso de Barranco y pocas funciones para lanzar una denuncia. “Dos perdidos en una noche sucia”, obra del brasilero Plinio Marcos de Santos y adaptada a nuestra realidad por Daniel Amaru Silva, así lo demuestra. Bajo la dirección de Rodrigo Chávez, esta propuesta descarnada golpeó a su audiencia. Dos falsificadores de fluorescentes que comparten un conteiner (Alain Salinas y Gianfranco Cruzado) son los supervivientes de un sistema esclavista que les niega el deseo de superación e, incluso, apelar a su libre albedrío.
"Dos perdidos en una noche sucia"
Una mirada distinta aportó “Silencio sísmico” (2016), oportuna reposición en la Asociación de Artistas Aficionados (AAA). Eduardo Adrianzén, su autor, inserta pequeñas fábulas sobre nuestra idiosincrasia hasta esbozar una sociedad distante y fragmentada al borde de un colapso.
Bajo la dirección de Óscar Carrillo la pieza signada de taras sociales y alegorías deviene en una prueba a la memoria colectiva. Con agudeza e ironía, Rosella Roggero, Ximena Arroyo y la primera actriz Sonia Seminario intentarán descifrar los designios de la patria y los de sus vidas también.
"Silencio sísmico"
Un notable descubrimiento resultó ser “El curioso caso del cuerno de San Dios”, pieza ganadora del Premio Nueva Dramaturgia 2016 del Ministerio de Cultura escrita por Luis Guillermo Hidalgo, con un sólido y nutrido elenco y una destacada dirección de Augusto Cáceres.
Su alegoría contestataria, punzante y fresca sobre la codicia de la clase política y los falaces paradigmas de desarrollo invitaron a reflexionar el futuro nacional desde un reactivado y entrañable Teatro Universitario de San Marcos, ahora en el jirón Lampa 833 del Centro de Lima.

EL RIESGO FLUYE
Si se hablara de puestas “peculiares” debería nombrarse a “El rostro”, un texto de estructura fragmentaria escrito por Ricardo Olivares. El ganador del cuarto lugar del Premio Nueva Dramaturgia 2016 del Ministerio de Cultura abordó las dudas existencialistas de un antropólogo contrariado por el olvido, la distancia o el desarraigo.
"Así de simple"
La dirección conjunta de Yanira Dávila y Alejandro Guzmán aprovechó esta premisa para elaborar un montaje introspectivo y casi surreal –a pesar de las modestas actuaciones– en el Teatro de Lucía. Meses después Dávila alcanzaría mejor suerte con “Así de simple”, ópera prima de los argentinos Ignacio Bresso y Sofía Gonzáles Gil. Esta obra explora los dilemas de una pareja promedio a un nivel más sicoanalítico contada desde perspectivas simultáneas. La dirección precisa y frescura del elenco (Mariajosé Vega, Paris Pesantes Cheli Gonzales, Valentín Prado, Mónica Ross y Micky Moreno) convierten los entreveros racionales y pasionales en una comedia disfrutable.
"Huellas", impro testimonial
Desde los osados campos de la improvisación se hicieron presentes las inspiradas Carol Hernández y Piera Del Campo. En “Armando equipaje” ambas actrices se desafiaron con clowns en un reto inclusivo de rapidez mental e imaginación bajo una propuesta lúdica.
Ya de directoras, jugaron con la retrospectiva personal hasta convertirla en una emoción universal en “Huellas. Esta creación de impro testimonial incluía recursos como “soundlooping”, lenguaje de señas que permite improvisar música en grupo. Este ingenio y versatilidad ha convertido a la Paya Casa de Barranco en hogar de puestas irrepetibles y honestas que deben cntinuar.
Tan original como “Sírvase un payaso 2” (2017), una creación escénica colectiva que mezcló circo, improvisación, clown y stand up bajo el paraguas de la comedia. Sus protagonistas (los inclasificables “Manchi” Ramírez, Miki Vargas y Renato Pantigozo) intentarán salvar un teatro –y la función– entre bufonadas, acrobacias y carcajadas.
"Sírvase un payaso 2"
En otros casos, la experimentación tocó a autores “clásicos”. Omar del Águila, por ejemplo, agregó sensorialidad plástica sin perder humanidad a su versión de “Esperando a Godot”, uno de los pilares del “Teatro del absurdo” escrito por Samuel Beckett hace más de 70 años. La pieza encontró en el afinadísimo Manuel Calderón y una entusiasta Ximena Arroyo los ejes de la angustia humana. Pero hubo más: fue un ensayo de dos actos sobre la fugacidad, la soledad y la desesperanza aplicada en una reiteración de desconcertantes diálogos. En su segunda experiencia como director, Alonso Chiri presentó “La peor obra del año” en el Club de Teatro de Lima, una divertida adaptación de una obra del estadounidense Joseph Scrimshaw. La puesta reunió a un crítico de teatro, un actor y un espectador entre guiños ficticios y meta–teatrales y episodios de parodia.
"Esperando a Godot"
En esta categoría se ubicaría también a “La Piedra”, acaso el texto más exigente de Christian Saldívar, dramaturgo que no teme explorar más allá de sus posibilidades. La puesta de fuerte carga existencialista y naturaleza performática sembró dilemas sobre la Humanidad desde sus aspectos más básicos hasta los de un plano más metafísicos. Bajo la dirección de Fiorella Díaz, quien con tino y arriesgada mirada, ordena el desarraigo de dos seres no-humanos (la sorprendente Rebeca Ráez y una precisa Liz Navarro). De escenografía notable, este trabajo remeció la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD) con su mensaje de incierta esperanza.

CUANDO EL TIEMPO HABLA
Y desde el teatro Ricardo Blume, Aranwa se dedicó –con sumo acierto– a conectar escénicamente la memoria histórica (y familiar) con nuestro presente. Sucedió con “Un país tan dulce”, pieza de verso ágil y gracia criolla compuesta por la pluma versátil de Celeste Viale. En aquella Lima de fulgores costumbristas se reflejan los avatares de la joven república desde los ojos de López, periodista de “La Prensa”, interpretado brillantemente por Miguel Álvarez. Un carnaval festivo que puso a un elenco disciplinado, la música de Mateo Chiarella y cuidadas coreografías de Juan Pablo Lostannau al servicio de la sátira política.
"Yerovi, vida y muerte de un pájaro canto"
Posteriormente en “La pícara suerte” (1913), pieza de Leonidas Yerovi, el director Chiarella, bisnieto de Yerovi, convirtió este juguete sentimental en una comedia vertiginosa que caló en la retina gracias a la presencia de Lilian Nieto, José Dammert, Mayela Lloclla y el hilarante Pold Gastello.
Este ciclo dedicado al poeta, periodista y dramaturgo de bigote risueño merecía culminar con “Yerovi, vida y muerte de un pájaro cantor”. La bellísima y sublime pieza escrita por Viale busca en el pasado las respuestas a un ejercicio de contrición sincero y familiar. Amparada en episodios históricos y elementos meta–teatrales, el director Jorge Chiarella fraguó una historia interesante y fluida en dos actos bien actuados y estructurados. Los impecables trabajos de Janncarlo Torrese y Daniela Rodríguez –como Yerovi y su madre, respectivamente– marcaron una pauta de justicia que reivindica.
"Café inútil orquesta"
Bajo el sello de Espacio Libre llegó “Café inútil orquesta”, un “experimento escénico” que sitúa al paisaje urbano como hábitat atropellos silenciosos en un futuro cambiante. Escrita por Karlos López Rentería, la puesta presenta a una lúdica troupe que a capela y al unísono asistirán el naufragio de la vida vecinal.
En este camino de sueños hipotecados, Javier Quiroz, Jhuliana Acuña y el propio López Rentería resistirán juntos. Su protesta tendrá a la noche como un pentagrama infinito y solidario; y diversos elementos como aliados de lucha que, fuera de escena, sirvieron de despedida de su casona barranquina a Espacio Libre.

ESCENAS DISCRETAS
Otras obras, en cambio, capturaron méritos por aspectos indiscutibles. Así, “Vigilia de noche” nos acercó al doloroso y conflictivo universo del sueco Lars Norén. El director Carlos Acosta aprovechó esto para trasgredir los códigos de la familia tradicional con relativo éxito.
"Las mujeres de los nazis"
A través del inevitable encuentro de dos hermanos (Luis Alberto Urrutia y Yamil Sacín, antípodas e indesligables) se afronta, con descarnado humor, la descomposición del lazo fraternal que no logra trascender al vínculo conyugal. Algo muy similar sucedió con “Las mujeres de las nazis” en su primera puesta en nuestra escena. El texto del argentino Héctor Lévy-Daniel encendió el entusiasmo de la directora debutante Daniela Lanzara por su interesante descripción del círculo femenino más cercano al régimen nazi. Por momentos, las tres historias que la componen no logran despegar de su estilo confesional, aunque sí impactar como sucedió con “El dilema de Geli Raubal”. Ese retrato despiadado (Macla Yamada se luce con una conmovedora actuación) revela claramente que la violencia somete a todo aquello que amenace el poder sin preferencia de género. Singular fue el caso de “La Extravagancia”, complejo texto de Rafael Spregelburd, que volvió al Teatro de Lucía luego de tres años.
"Luz de gas"
El director Carlos Tolentino y su arriesgada lógica –loable, por cierto– de explorar el teatro con los sentidos devino en un montaje distante del que la versátil Cécica Bernasconi sale bien librada. Entre monólogos oscuros y tragicómicos, la actriz interpreta a tres hermanas con fino temple y logrados matices dispuestos en este rompecabezas escénico.
En la bruma de los aplausos, aparece “Luz de Gas”, bajo una cómoda dirección del español Darío Facal. Sobre la obra del dramaturgo Patrick Hamilton, el director compone un thriller correcto: una antigua casona con secretos, amas de llaves sospechosas y un astuto detective… Hasta ahí todo bien. Los personajes son oscuros: Valdés convence en un papel enigmático, mientras que Lucía Caravedo se sostiene en delirios esquizofrénicos. No obstante, algo falla en la amalgama audiovisual y escénica que resta ritmo y misterio a una puesta que buscaba alumbrar los tenues linderos de la psiquis humana desde el Teatro Británico. Veamos qué novedades trae este 2018.

lunes, 26 de marzo de 2018

Mensaje del Día Mundial del Teatro 2018


Sabina Berman, México
Escritora, periodista

Podemos imaginar
La tribu caza pájaros lanzando pequeñas piedras, cuando el enorme mamut irrumpe y RUGE y al mismo tiempo un pequeño humano RUGE como el mamut. Luego, todos corren…
Ese rugido de mamut proferido por una mujer humana quiero imaginarla mujer es el inicio de lo que nos hace la especie que somos. La especie capaz de imitar lo que no somos. La especie capaz de representar al Otro.
Sabina Berman
(Foto: Archivo El Universal)
Saltemos 10 años, o 100, o mil. La tribu ha aprendido a imitar a otros seres y representa al fondo de la cueva, en la luz temblorosa de la hoguera, la cacería de esa mañana. Cuatro hombres son el mamut, tres mujeres son el río, hombres y mujeres son pájaros, árboles, nubes.
Así, la tribu captura el pasado con su don para el teatro. Más asombroso: así la tribu inventa posibles futuros: ensaya posibles formas de vencer al enemigo de la tribu, el mamut.
Los rugidos, los silbidos, los murmullos las onomatopeyas de ese primer teatro se volverán lenguaje verbal. El lenguaje hablado se volverá lenguaje escrito. Por otro derrotero, el teatro se volverá ritual y luego cine. Y en la semilla de cada una de estas formas seguirá estando el teatro. La forma más sencilla de representar. La forma viva de representar. El teatro, que mientras más sencillo más íntimamente nos conecta a la capacidad humana más asombrosa, la de representar al Otro.
Hoy celebramos en todos los teatros del mundo esa gloriosa capacidad humana de hacer teatro. De representar, y así capturar nuestro pasado para entenderlo o de inventar posibles futuros para la tribu, para ser más libres y más felices.
Hablo por supuesto de las obras de teatro que realmente importan y trascienden el  entretenimiento. Esas obras de teatro que importan, hoy se proponen lo mismo que las más antiguas: vencer a los enemigos contemporáneos de la felicidad de la tribu, gracias a la capacidad de representar.
"Muerte súbita", obra de Berman
¿Cuáles son los mamuts a vencer hoy en el teatro de la tribu?
Yo digo que el mamut mayor es la enajenación de los corazones humanos. Nuestra pérdida de la capacidad de sentir con los Otros: de sentir compasión. Y nuestra incapacidad de sentir con lo Otro no humano: la Naturaleza.
Vaya paradoja. Hoy, en la orilla final del Humanismo –de la era del Antropoceno—de la era en que el humano es la fuerza natural que más ha cambiado y cambia el planeta la misión del teatro es inversa a la que reunió a la tribu originalmente para hacer teatro al fondo de la cueva: hoy debemos rescatar nuestra conexión con lo natural.
Más que la literatura, más que el cine, el teatro que exige la presencia de unos seres humanos ante otros seres humanos es maravillosamente apto para la tarea de salvarnos de volvernos algoritmos. Puras abstracciones.
Quitémosle al teatro todo lo superfluo. Desnudémoslo. Porque mientras más sencillo el teatro, más apto para recordarnos lo único innegable: somos mientras somos en el tiempo, somos mientras somos carne y huesos y un corazón latiendo en nuestros pechos. Somos aquí y ahora solamente.
Viva el teatro. El arte más antiguo. El arte más presente. El arte más asombroso. Viva el teatro.